Thursday, December 30, 2004

Cosas nuevas para terminar con lo viejo

Un baño de tina con las sales de tu predilección, ¿cualquiera?, si cualquiera ¿y esos nombres raros, como relajación equilibrio, bosque lluvioso amazónico y eso, no los pesco? No, solo es necesario que sean sales de baño.

¿Algo más? Sí, incienso, del que más te guste, aunque a mi personalmente me gusta el de canela, ve tu si lo encuentras. OK. ¡Ah, y antes que se me olvide! enciende una vela blanca en tu velador antes de dormir. ¿Y con todo eso voy a quedar limpiecito, limpiecito? Solo tu Aura, ¿vale?

Gracias a los consejos de mi amiga comenzaría mi labor, tan típica de fin de año de sacarse de encima todo lo que se quiere dejar en el pasado, por algo se hace cuando se acaba este. Debo reconocer, eso sí, que la razón primordial para esto fue la idea de “verme las cartas”, y la necesidad de estar “limpio” para ello.

La tina invitaba placida y tibiamente a sumergirme en ella. El aroma inundaba todo el baño, no solo el que salía del agua, también el de los dos inciensos estratégicamente colocados en la cabeza de la misma. No dije ningún mantra, ni siquiera un tímido OMMMM, solo me uní a la fiesta de fragancias y sensaciones con la misma actitud del alumno atrasado que no quiere hacer notar su presencia ante una clase notable que ya se ha iniciado.

Lo que siguió fue sencillamente delicioso, con los ojos cerrados en mi “spa” artesanal venían a mi cabeza olores y recuerdos de infancia, y de lugares que conocí hace poco, todos cargados de la misma sensación de naturaleza y paz. Al final no quería salir de ahí, era un deja-vü con reminiscencias fetales, lo sabía, no necesito ningún psicólogo para que me lo diga. La hora me decía que tenía que sacar el tapón y dejar que el agua se llevara por la cañería algo más que las sales de baño.

Si mi aura quedó más limpia o no está por verse, pero las gracias por la sugerencia son eternas, igual que mi nueva adicción.



Tuesday, December 14, 2004

Sol, mi sol.

Hoy desperté con ganas de tragarme el sol, de cambiar las muletas por zapatillas, de acometer contra molinos de viento, de volver a creer, de revalidarme, de lanzarme desde el último piso de la torre más alta sabiendo que no caería. De enamorarme de destellos de luna.

Hoy desperté con la sensación de que el mundo no es más antiguo que mi primer ojo abierto en la mañana. Que la historia de mi vida aún esta en su introducción, o mejor aún, en su borrador preliminar. Me saqué las mochilas del cansancio y del pesimismo, y las dejé enterradas en el cementerio de lo inútil.

Salí de mi cueva con la sensación de que la hibernación me privó de someter mis sentidos a toda la gama de sensaciones que me hacían sentir vivo. Fue necesario para descansar y recomponerme, pero ahora estoy despierto de nuevo, despierto y con hambre.

Lo mejor de todo fue darme cuenta de que no era una especie en extinción, había muchos más como yo, algunos con miedo, no se atrevían a cruzar la calle solos y se quedaban en la orilla. Otros se me adelantaban y me invitaban a alcanzarles. Y otros, bueno, otros no querían despertar, o fingían porfiadamente que el invierno aún existía.

Mi hija me dijo que había soñado conmigo y yo ya estaba recuperado. Podía caminar con ella y volvíamos a ser los compañeros de juego que fuimos. Corrimos juntos por todos los cerros que hemos perdonado, nos revolcamos en todos los lugares que estuvieron pendientes.

Hoy desperté con ganas de ser niño con mi niña.

Monday, December 06, 2004

Anclas

Una vez más estaba parado en la esquina. Inspire profundo, trague miedo y me dispuse a cruzar la alameda con destino a la facultad. Normalmente no lo hago, supongo que nadie lo hace a menudo, pero atiné a mirar hacia mi lado antes de que diera verde el semáforo. Justo a mi lado estaba ella, pequeña, morena, delgada y sobretodo invidente.

Me imagino que a todos les pasa lo mismo, la tentación de ofrecer el brazo para cruzar las endemoniadas calles de Santiago es análoga a la de dar el asiento en una micro, nadie nos reprocharía el no hacerlo, nadie excepto nuestra propia y jodida conciencia, la que no es capaz de matarnos, pero si de ser tan molesta como una pequeña astilla en la mano.

Fue con esa convicción que me acerqué, nada de gran altruismo y mucho de modales escolares. No sabía lo que me esperaba.

Tan pronto como me tomó del brazo comenzó a hacer observaciones sobre mi voz, las que luego pasaron a un franco coqueteo, y eso que aún no llegábamos a la estatua que le da el nombre a la Plaza Italia. Sorpresivamente empezó a recitarme algo, la verdad es que no retuve mucho la idea total del poema, estaba demasiado turbado e incomodo para ello, tan solo recuerdo algunas imágenes sobre enamorados y alguna comparación sobre el mar y las olas. “Es de Neruda”, me dijo cuando terminó, “a las personas no videntes no les gusta mucho la poesía”, una confidencia que me sorprendió más que todo lo anterior, y ante la cual me respondió “es que no pueden tener idea de algunas cosas porque nunca las han visto”.

Debo reconocer que en ese punto todo me sorprendía de esta mujer, pero enseguida vino lo mejor, “yo conozco el mar, lo he sentido en mi cara, le he escuchado, he sentido su aroma, por eso puedo entender a Neruda”. Reconozcámoslo hidalgamente, después de eso quién puede decir algo que no suene torpe o superficial, la mayoría guardaría un silencio tan lleno de cosas que no arruinaría ese momento, “¿y sabes una cosa? yo sé lo que es un ancla, es lo que usan los barcos para afirmarse en el mar”, fue lo último que dijo antes de abordar la micro que le servía en la avenida Santa María, desde donde desapareció tal cual como la vi, casi por casualidad.

Me tomó algunos segundos reaccionar, solo atiné a encender un cigarro y hacer una pausa ante de tener la fuerza de entrar bajo las severas doce columnas que me esperaban hace rato.

¿Qué sabía yo de mares, de olas, del amor? Había pensado que hasta ese momento mi experiencia al respecto era plena, como la de cualquier persona que cree haber involucrado sus sentidos y su alma en una relación, aunque en mi caso el resultado final hubiese sido amargo. Esa pequeña y casual conversación, con aquella pequeña y casual mujer me abrió los ojos, o mejor dicho, me devolvió la vista. Desde ese momento estoy empecinado en saber que son las anclas.